La Universidad a Debate

14 de Noviembre de 2016. Aula Magna de la Facultad de Derecho. Aula Gumersindo Trujillo.

Resulta habitual ver artículos en la prensa que hablan de una década perdida en las Universidades españolas. No cabe duda de que la caída en picado de la financiación como consecuencia de la crisis y la predominancia de valores conservadores o claramente regresivos, que priorizan aspectos y ámbitos por encima de la educación y la generación del conocimiento, han contribuido a consolidar un escenario que tiende a la desolación y refuerza el desencanto. La estructura y contenidos de los planes de estudios oscilan a bandazos, lo que obliga a mover las ideas de sitio cuando aún no han madurado. Las tasas académicas han subido, las becas se han reducido y las condiciones de acceso se han endurecido, lo que ha supuesto el abandono de una parte del alumnado –obviamente la de origen social económicamente más débil– a abandonar los estudios. Las plantillas de profesorado se han reducido y han envejecido, lo que unido a una invasión burocrática sin sentido disminuye aún más el tiempo que el personal docente e investigador dedica a sus misiones esenciales. Finalmente, una o dos generaciones de investigadores, tras haberse formado, como les correspondía, en centros lejanos, deambulan por el limbo de un futuro incierto, sin que la sociedad pueda beneficiarse de su formación y experiencia.

En este contexto, tal vez más que nunca, se hace necesaria una reflexión sobre el papel de las Universidades en las sociedades actuales, aceleradas y globalizadas, sobre su responsabilidad en la formación de una ciudadanía crítica y comprometida con los valores progresistas, sobre la organización estructural y los procedimientos de gobierno para promover una investigación científica de calidad en todos los ámbitos del saber, no sólo basada en la relevancia de la aplicabilidad de sus resultados en los planos materiales y económicos, sino también en su papel de promoción y consecución del bien común.

Es evidente que el debate podría enfocarse –con el riesgo de perderse en ese viaje, en el corto plazo– hacia la confrontación de posiciones y modelos ideológicos. En ese sentido, las cuestiones debatibles son muchas: investigación académica versus investigación instrumental, objetivos de la ciencia, equilibrio entre la generación de conocimiento y su transferencia, etc. Probablemente una tarea ineludible de las Universidades es mantener ese debate activo de forma permanente, encontrar respuestas, avanzar en su aplicación y utilizarlas para generar nuevas preguntas. El objetivo de esta mesa redonda es, lógicamente, más inmediato y más modesto. Se trata de iniciar la construcción de un foro en el que tratemos de identificar los objetivos que deberíamos perseguir en los próximos años, los problemas que debemos afrontar sin dilación, y los procesos a través de los cuales las propias Universidades podrían participar en la búsqueda de soluciones.

Temas para el debate

Sin que la siguiente relación pretenda cubrir todos los aspectos del debate –de hecho, se trata de iniciarlo, alimentarlo y darle recorrido–, ni que su ordenación implique jerarquía alguna, éstos podrían ser algunos de los temas que podemos abordar durante el desarrollo de la mesa redonda.

La autonomía universitaria constituye un valor en sí mismo, y como tal está reconocida en la Constitución y ponderada en los estándares internacionales. Pero conviene establecer con claridad su ámbito de acción, su escenario y sus límites. Autonomía, ¿para qué? Tal vez sea más adecuado hablar de un mejor uso de dicha autonomía, en relación, precisamente, con la misión y los objetivos a cumplir.
La financiación de la Universidad pública constituye un elemento esencial, pero en situaciones de crisis globales, como las que nos han invadido –tal vez para quedarse por un rato– hay que buscar soluciones. ¿Cómo garantizar una financiación que permita la planificación estratégica a medio y largo plazo, en lugar del cortoplacismo habitual, especialmente en períodos –que han venido, tal vez a quedarse– de una reducción considerable por las crisis globales? ¿Cómo desarrollar políticas propias de recursos humanos que permitan generar las plantillas de personal docente, investigador y de gestión adecuadas a los objetivos, evitando la endogamia, el corporativismo y las tensiones que emergen entre los diferentes colectivos y sectores?
La organización y el sistema de gobernanza universitario, ¿Son los más adecuados para el cumplimiento de sus objetivos? ¿Es necesario modificar las estructuras y los sistemas de gobierno, de manera que la flexibilidad inteligente predomine frente a la rigidez normativa? ¿Cómo construir una verdadera capacidad de auto-organización, –otra vez la autonomía– evitando los riegos implícitos a la desregulación? ¿Qué estructuras y qué modelos de organización institucional podrían promover una investigación científica, social y humanística de mayor calidad y con el impacto necesario en la sociedad?
La relación recíproca entre la Universidad y la Sociedad está presente permanentemente en el discurso, y desde ambos lados. ¿Cómo establecer los cauces más adecuados para que esa comunicación sea efectiva? ¿Cómo evaluar la producción de las Universidades, en sus distintos ámbitos y áreas, en relación a sus objetivos y sus destinatarios? ¿Cómo defenderse de la tensión entre ciencias y humanidades, a través de una reflexión crítica y franca, que supere la desconfianza entre ambos ámbitos del conocimiento? ¿Debemos analizar el futuro y planificar el futuro únicamente desde los resultados más pragmáticos y aplicables, o es posible plantear con rigor que en la Universidad deberían formarse expertos en las dos culturas, de forma que no haya analfabetos de ningún lado?
¿Cómo pueden ser las Universidades del futuro y cómo debemos participar en su construcción, más allá del lamento? ¿Cuáles son las condiciones que deben darse para que estas instituciones contribuyan plenamente a la conformación de una ciudadanía y un espacio público realmente democráticos y que den respuestas a los problemas acuciantes de la Humanidad, y no sólo a una parte selecta y privilegiada de ella?
En resumen, ¿Podemos comenzar a pensar –más allá de las contiendas electorales, en ocasiones los únicos de debate de corto alcance que se producen en el entorno universitario– qué va a pasar en el futuro y cuál va a ser el papel de las Universidades en la construcción y desarrollo de ese futuro?

Éstas y otras preguntas –y hay muchas más que se deben incorporar a la lista– están encima de la mesa, y la búsqueda de respuestas –al margen del papel de los poderes públicos– es una responsabilidad de las propias Universidades, y por ello animamos a afrontarlas con rigor.